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REALISMO SUCIO

por Enrique Herreras

Por fin, en el cuarto y último día de la Mostra d'Alcoi-08 llegó un texto de alta calidad y consistencia: Howie y el rookie, del dramaturgo irlandés Mark O'Rowe. Lo trajo Germinal Producciones, una compañía que rompe con una dinámica que hoy está poniendo en aprietos a algunas compañías valencianas que viven pendientes de su propio autor. Pero no todos los autores tienen cuerda para rato, como se está demostrando últimamente, y debieran, por mucho que sean también empresarios en algunos casos, entrar sus obras en competición con otras. La cuestión es que el sentido empresarial no termina de cuajar en muchos casos en Valencia. El sentido empresarial de escoger la mejor obra posible que esté deambulando por el mundo; dentro, claro, de las posibilidades reales de cada grupo.

En fin, Germinal rompe esta situación predominante en estos lares, repleto de lo que ya he señalado, de compañías de autor, y nos ha acercado a este texto tan bien escrito. Y eso dicho por alguien que no termina de asimilar esa forma de escribir teatro, abierta y descubierta en los últimos años, en el que más que proponer ver las situaciones que viven los personajes, éstos las narran a los espectadores. Es el caso de la presente obra. Pero si, por lo general, según mi experiencia, muchas veces se cae en un lenguaje poético, en el mejor de los casos, y en el peor se trata de meras confesiones o de oratoria antigua. Es como si los viejos apartes se hubieran comido el teatro.

Pero en esta ocasión, cualquier duda queda disipada, porque, es cierto, no existe formula teatral que valga más que otra, lo que existe son diferentes grados de calidades. Y la del presente texto, repito, es altisonante. Porque lo que cuentan los personajes está inmerso en un rico mundo de imágenes trasmitidas de forma verbal y también, claro, desde fisicidad y verismo de lo intérpretes. Palabra dichas en seco, afiladas, sin metáforas, lavadas con un agua constate. Palabras y actores, como elementos básicos para que el autor nos haga echar una mirada a un día cualquiera en un barrio marginal de una gran ciudad. Un sábado por la noche, quizá, en un mundo donde priva la ley del más fuerte. Donde los dos protagonistas, Howie y Rooki son dos caras de ese paisaje repleto de violencia, de juegos de poder, de experiencias de supervivencia. Tal vez en ese final feliz de dos trayectos, el autor haya cargado las tintas trágicas. Pero tragedia destilada, la que nos lo inyecta todo tan bien en nuestro cerebelo, la que nos hace filtrar este realismo sucio, o de fregadero como se decía de los autores ingleses del movimiento airado, hasta en los riñones.

La dirección escénica de Antoni Tordera ha buscado primeramente encontrar, marcar el tono atmosférico, real y teatral. Para ello cuenta con un espacio escénico (Josep Simón) bastante convincente y sígnico de lo que se quiere contar. Objetos de desechos, por el que deambularán los personajes, primeramente a través de movimientos coreográficos (Ana Extremiana) y seguidamente buscando lugares para contar, para abrir la imaginación de un espectador que tiene que poner de su parte para mascar estas situaciones. Y lo tiene fácil porque el autor da unas descripciones precisas (en la brillante versión castellana de J. V. Martínez Luciano), y una briosa delineación de los estados de ánimo. Y ahí están los dos actores elegidos. Martín Cases borda su personaje (Howie), en una de sus interpretaciones más potentes que recuerde. Crudeza y magnetismo. Aunque, Ángel Figols (El Rookie) no se queda manco en autenticidad y consistencia física. En todo momento hay invención de lo humano, e interioridad compleja, aunque más compleja es la exteroridad, la jungla de asfalto

Dulce ópera

La tarde nos deparó una ópera dulce, ¡Hola Cenerenterola!, un proyecto conjunto entre el Institut de la Música y la compañía Bambalina. Bajo la dirección musical de Jordi Bernàquer y la escénica de Jaume Policarpo, se explora la ópera de Rossini a modo de un juguete teatral de alto voltaje. El eje de la propuesta escénica son tres personajes cuya misión es rememorar la historia casi como si fueran unos médium. Tres personajes algo excéntricos, pero siempre simpáticos, que buscarán que los más pequeños se interesen por los personajes de esta historia. Para ello manipularán a dichos personajes (como si fueran marionetas sin serlo), pero también unas letras con las que conformarán palabras, y otros seres vivos, como una carroza. La parte escenográfica (del propio Jaume Policapo) también cobra protagonismo, porque es de donde aparecerá, se creará y materializará (desde las sombras iniciales en una panel redondo y móvil) todo ese mundo inventado. Inventado pero verídico, porque, en efecto, asistiremos a la ópera de Rossini. Asistiremos y vibraremos con la música, y con un montaje de artesanía muy bien modelado y proyectado. Dulce ópera, dulce teatralidad, dulce experiencia.

La despedida de los vodeviles

Dio la casualidad, o así se marcó, que este último día, el de la despedida, se juntaran dos vodeviles. Uno, La fuga, presentado por Saineters y Yorick, al que podríamos denominar de "engaños", y el otro, T''espere baix, que sirvió de clausura a la Mostra. El primero tiene la firma de Jordi Garcerán, autor que lleva tatuada la marca de El método Grönholm, pero también una ganada fama de tener gran pericia para construir situaciones. Así acontece en este vodevil en el que el propia Garcerán dice que quería hacer una obra de timadores. A decir verdad evidencia su admiración por David Mamet y, parece ser, le quedó grabado aquel magnífico filme titulado La casa del juego. Y eso se nota, y mucho, en el presente texto, donde nada es lo que parece, donde el objetivo es confundir continuamente al público. Y salvo alguna cosa, algún detalle, lo logra con oficio. Aunque ello e traslade a una puesta en escena (Juanluis Mira) que busca la eficacia y no la imaginación. Así es. La escenografía no da para creernos que estamos ante un supechalet, obra de un pelotazo de un ministro dimitido, y el elenco actoral no pasa de discreto.

En cuanto al segundo, en este texto (firmado por Juli Disla, Patricia Pardo y Carlos García), hay menos pericia textual, pero sí dosis de un ameno divertimento. Todo (asuntos sexuales en general, como se eviencia en divertido preámbulo) trascurre en los pasillos de un hotel, y se juega bien con los personajes y las situaciones. Sí, se juega bien con la tradición de las puertas, las que permiten sorpresas continuas, apariciones y desapariciones. En este caso una fauna de personajes disparatados, que llegan al respetable por un buen elenco actoral: Rosanna Espinós, Pepa Sarrió, Enric Juezas, Joan Miquel Reig y Maribel Bayona (a quien destaco, una actriz que está subiendo como la espuma, merecidamente). La dirección de Pau Pons y Joan Miquel Reig se ajusta a las necesidades del género, de este divertimento que logra las risas del público no grabadas.

En fin, el último cartucho de una Mostra que he vivido en toda su intensidad, en el patio de butacas, y en conversaciones de entreacto. Para lo bueno y para lo malo, como todo en esta vida. Y como todo en esta vida, estos días intensos de teatro también dejan huella. Y una buena dosis de insomnio, y de juicios rápidos, espontáneos, vivos, frescos. Estupenda experiencia. Hasta la próxima.