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Desde que los seres humanos consiguieron controlar el
fuego se inició una relación que no ha dejado de evolucionar hasta
nuestros días. Su versatilidad como elemento calorífico, de
iluminación y como transformador de materias ha contribuido al
desarrollo tecnológico, cultural y mítico de las sociedades.
Los indicios de combustión que con más frecuencia
se encuentran en las excavaciones arqueológicas son las cenizas,
carbones, tierra calcinada, rocas y otros elementos quemados. La
relación de estos elementos entre si y con el resto de objetos y
estructuras que forman parte del asentamiento humano, ayuda a averiguar
para qué se empleó el fuego. De este modo se reconstruyen las
acciones, las técnicas, las edificaciones y el entorno natural de los
grupos humanos del pasado.
La acción del fuego es además destructiva, pero,
incluso en incendios bélicos o catástrofes naturales, contribuye a que
se conserven materiales carbonizados.
El calor y la energía del fuego han permitido transformar la materia
haciendo más confortable el mundo que habitamos, aunque las creaciones
más intangibles para la arqueología se hicieron probablemente A la
luz del hogar.
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