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A partir del 1800 a.C. aproximadamente empieza la Edad del Bronce que se caracterizará por la
aparición de los útiles metálicos que sustituirán, paulatinamente, a los de
piedra pulida.
Hachas,
alabardas,
puñales
y punzones son elaborados a partir de
moldes de piedra,
como los recuperados en algunos asentamientos comarcales.
En lo que respecta a las formas de ocupación del territorio, se establecen poblados
fortificados en las cimas de los montes como La
Mola Alta de Serelles,
El Mas del Corral,
El Mas de Menente, El Puig... que desarrollarán una economía
cerealícola evidenciada por la abundancia de
dientes de hoz de sílex y molinos a mano.
La ganadería tuvo también una importancia decisiva y desde fines del Neolítico
algunas especies sirvieron como fuerza de trabajo –los bóvidos– suministrando al
mismo tiempo carne, leche, lana y cuero.
A partir de los inicios del primer milenio, durante el periodo del Bronce Final,
alcanzarán nuestras tierras diversas influencias foráneas como los
Campos de urnas,
primero, y las culturas mediterráneas, después, que producirán transformaciones en
el sustrato indígena como la incineración de cadáveres, la aparición del hierro,
el torno cerámico o la diversificación del poblamiento, que darán lugar al desarrollo
de la Cultura ibérica.
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